En el pueblo, la vida sigue su curso. Los aldeanos se levantan al amanecer, cultivan sus campos y cuidan de sus familias. La vida es sencilla, pero también es dura.
Sin embargo, la llegada de los forasteros ha traído consigo una nueva sensación: la de la esperanza. Los aldeanos ven la posibilidad de un futuro mejor, y están dispuestos a hacer lo que sea necesario para lograrlo.
Pero los forasteros no están interesados en la esperanza. Están interesados en el poder.
"¡Todos deberían ser llevados a las jaulas de perro!"
El rostro del anciano estaba lleno de ira. Sus ojos brillaban con una intensidad que helaba la sangre.
"¡Los hombres de la tribu deben ser llevados a las jaulas de perro!"
"¡No tienen trabajo, solo beben y beben, luego golpean a sus esposas y hijos!"
"¡Todos deben ser llevados a las jaulas de perro!"
El anciano no se detuvo. Su voz resonaba en toda la plaza del pueblo, llenando el aire de un miedo palpable.
La gente del pueblo observaba, con los ojos muy abiertos. No podían creer lo que estaban escuchando.
"Pero, ¿por qué?" preguntó un aldeano.
"¡Porque son una amenaza!" respondió el anciano. "¡Son una amenaza para nuestra forma de vida!"
"¡Son una amenaza para nuestra familia!"
"¡Son una amenaza para nuestra seguridad!"
"¡Son una amenaza para todo lo que conocemos!"
El anciano se detuvo. Miró a la gente del pueblo, con una mirada que parecía penetrar en sus almas.
"Debemos detenerlos", dijo. "Debemos detenerlos antes de que hagan más daño."
La gente del pueblo asintió. Sabían que el anciano tenía razón. Debían hacer algo.
Pero ¿qué podían hacer?
Los forasteros eran muchos. Eran fuertes. Y eran despiadados.
La gente del pueblo no tenía ninguna posibilidad.
Pero entonces, una idea se formó en la mente de uno de los aldeanos.
"Podemos pedirles que se vayan", dijo. "Podemos simplemente pedirles que se vayan y dejar que se vayan."
El anciano se echó a reír.
"¡Estás loco!" dijo. "¡No puedes simplemente pedirle a un grupo de forasteros que se vayan!"
"Pero puede intentarlo", dijo el aldeano. "No tenemos nada que perder."
El anciano pensó. Se quedó en silencio por un momento.
"Es una idea", dijo finalmente. "Pero debemos ser cuidadosos. No podemos permitir que sepan que estamos planeando algo."
Y así, la gente del pueblo comenzó a planear.
Trabajaron en secreto, a escondidas de los forasteros.
Se reunían en secreto, a la luz de la luna.
Se informaban de los planes de los forasteros.
Y comenzaron a idear un plan.
El plan era arriesgado. Era complicado. Y tenía pocas posibilidades de éxito.
Pero era la única posibilidad que tenían.
Y la gente del pueblo estaba dispuesta a correr el riesgo.
Porque sabían que si no hacían nada, los forasteros terminarían tomando todo.
Y eso no lo tolerarían.