La noche se había apoderado del cielo, oscureciendo la figura de Shé Lián. Solo podía ver que el joven asintió con la cabeza, y Shé Lián tomó su lugar en la parte delantera del carro, agarrando las correas mientras susurraba palabras reconfortantes al buey.
Un grupo de espíritus vestidos de prisión se acercaron. Querían pasar, pero notaron algo impidiéndoles el camino y exclamaron a gritos: "¡Qué curioso! ¿Cómo podemos cruzar?"
"¡Sí! ¡No podemos pasar! ¡Es un espíritu!"
"¿Maldición? ¡Somos nosotros los fantasmas, no deberíamos poder ver a ningún otro espíritu!"
Shé Lián, con gran esfuerzo, consiguió tranquilizar al buey. A través de la conversación que oía entre los encapuchados espíritus, notaba lo absurdo y cómico de la situación.
Esa noche era el Festival del Medio Invierno en el reino de los espíritus, un día sagrado. La puerta de entrada a su mundo se abría, permitiendo que las criaturas malignas emergieran y celebraran con gran festividad, mientras los humanos debían mantenerse alejados. Esa noche, en particular, era mejor permanecer dentro de casa.
Shé Lián siempre había sido suertudo y estaba atravesando un mal momento. En ese preciso instante, se encontró rodeado por destellos verdes que parecían fantasmas flotantes, mientras otros espíritus corrían detrás de ellos. Algunos espíritus en capas fúnebres estaban sentados en círculos extendiendo sus manos para recibir el papel y las monedas de oro quemadas por los seres humanos.
Este espectáculo era una auténtica danza demoníaca. Shé Lián caminaba entre ellos, pensando que en el futuro tendría que revisar su horóscopo antes de salir, cuando sintió un movimiento extraño detrás de él. Se volvió para ver al joven sentado a su espalda.
—¿Estás bien? —preguntó Shé Lián.
El joven apoyaba la mano en su mentón y respondió:
—Sí, pero estoy asustado.
Shé Lián intentó consolarlo:
—No te preocupes. Conmigo no tienes nada que temer.
El joven sonrió sin decir nada. Shé Lián notó que le estaba mirando fijamente. Pronto comprendió lo que era: el joven le estaba examinando la marca mágica en su cuello.
Esta marca parecía un anillo negro alrededor del cuello, imposible de ocultar y que sugería malas intenciones. Shé Lián buscó hablar pero entonces notó que los bueyes habían llegado a una bifurcación en la carretera.
Shé Lián decidió ser prudente:
—Cuidado, el camino puede cambiar. Hay que tener cuidado al elegir.