En términos de su conocimiento sobre los dioses antiguos, Klein no estaba por debajo de muchos poderosos seres de alto rango. Después de todo, tenía detrás una Ciudad de Plata que remontaba a la Segunda Era y que transmitía mitologías y huellas que aún persistían.
Según sus conocimientos, Grelagali, el príncipe inmortal, era el mismísimo dios del inframundo en los tiempos antiguos. Había sido gravemente herido por el Sol de los Cielos, quien fue devorado por la creadora de la Ciudad de Plata y rey de los ángeles, en la última etapa de la Segunda Era.
Sin embargo, su influencia no se esfumó con su caída. Hasta la actual era, aún quedaban vestigios de ello, ya que Grelagali fue el fundador del inframundo!
"La Ciudad de los Muertos..." "Almas desconocidas..." "Dioses antiguos..." —Era muy peligroso solo con escuchar eso...— Klein miraba la radioemisora frente a él, sumido en pensamientos.
Clack-clack-clack, una hoja de papel fantasma materializó otra parte:
"Además de eso, no tengo más información.
Señor Grande, tengo una sugerencia. ¿Me escucharías?"
La pregunta era buena... Klein recuperó su concentración y asintió levemente:
"Dime."
El sonido de la radioemisora se volvió más ligero al instante. Rapidamente aparecieron otras palabras en la hoja fantasma:
"Para el problema de Calderón, puedes preguntar a 'La Luz Roja' Er. Muria."
Al final todo volvía a rodearse del "Signo Rojo"... Klein asintió ligeramente y luego preguntó:
—¿Si levanto la máscara del Almirante del Inframundo Ludwiler, ¿habrá peligro?
Sin duda alguna, una sola palabra apareció ante él:
"No!"
Bueno... Pensó Klein. Se puso a pensar un poco más y dijo:
"Dejaré esto para hoy."
"Señor Grande, Señor Sábio, espere solo un minuto más y verá que un pensamiento se dirige hacia ustedes. Su fiel sirviente Arrodes aguarda su próxima llamada. Adiós~" La radioemisora siguió pitando sin demora.
Un minuto más? ¿Por qué no lo dijo antes? Klein se sobresaltó, como si hubiera visto el cronómetro de una bomba atómica contando atrás. Inmediatamente realizó un sacrificio con los materiales aún en el altar que no había recogido y lanzó la radioemisora al manto gris.
Terminado esto, Klein confirmó que todo estaba bien a su alrededor antes de hacer que el marioneta Ludwiler se alejara del centro del escenario, quitándose la máscara plateada de su rostro.
Una luz pálida y profunda emergió en forma de torrente, pero no era tan intensa como cuando luchó contra Ludwiler antes. Solo cubrió un pequeño área a su alrededor, similar a una vela a punto de apagarse.
Al mismo tiempo, el frío y opaco ambiente del bosque que había desaparecido con la radioemisora volvió, adquiriendo un aire inquietante que impactaba directamente en los sentidos.
Klein recordó los cementerios y el inframundo legendario.
Esperó unos segundos, pero no vio ningún acontecimiento extraño, luego hizo que otra marioneta, "Ganador" Enzo, se acercara al Almirante del Inframundo Ludwiler desde su frente para observar su rostro oculto por la máscara.
Este rostro carecía de carne, con la piel tensa sobre los huesos y sin color alguno. Parecía cristal.
Bajo este "cristal", corrientes imposibles de definir fluían rápidamente, combinándose en ocasiones con el cráneo o ocultándose en los huecos, apareciendo en los dientes.
Durante los primeros meses después de su viaje inicial, Klein habría estado asustado al ver a Ludwiler. Ahora, después de haber enfrentado tantos criaturas perturbadoras e mutantes con formas tan extrañas, ya no le impactaba este tipo de apariencia.