En el mismo instante en que Míng Pínpíng abrió los ojos, el cuerpo del joven Yan Bīnyún también se agitó al lado derecho de He Dàxué. Sin embargo, pronto recuperó la calma y bajó la cabeza, sabiendo que nada cambiaría en el espectáculo.
Al escudriñar las defensas de seguridad, descubrió que eran extremadamente fuertes, superando incluso a los expertos del interior del palacio. Los expertos vestidos con ropa de lana y sombreros de paja eran una señal clara de que nada cambiaría hoy.
En la prisión del Consejo Supervisador la noche anterior, cuatro expertos vestidos con sombreros de paja habían llamado la atención de Yan Bīnyún y He Zōngwěi. Pero ellos sabían exactamente quiénes eran. Durante los últimos días, el Gran Maestro del Templo Qìng se había ausentado de su misión en el sur para morir inesperadamente, mientras que los Maestros dos y tres habían sido asesinados en un ataque de flechas alrededor de la capital.
El emperador siempre ha tenido poca consideración por el Camino del Cielo o las penitentes del Templo Qìng. ¿Por qué, entonces, hoy se encontraban tantos expertos del templo en la ciudad y frente a Míng Pínpíng?El viejo, con la mirada perdida, contemplaba el vacío. No era la primera vez que sentía esta sensación, pero ahora, bajo la mirada de tantos, era más intensa, más abrumadora.
Un andamio de madera se levantó frente a él. Chen Pingping, con su cuerpo delgado y demacrado, estaba atado al andamio. Su ropa había sido arrancada, revelando su piel pálida y frágil. Debido a sus años de discapacidad, sus piernas y caderas eran extremadamente delgadas. La lluvia de otoño caía sobre él, haciéndolo aún más vulnerable y desolado.
La lluvia golpeaba su cuerpo, lavando el sudor y la sangre.
Las voces de la multitud que lo observaban desde la plaza resonaban en sus oídos. "¡Muerte para el traidor!" "¡Que muera!" Las voces se alzaron, un rugido ensordecedor que parecía venir del infierno.
Pero entonces, todo quedó en silencio.
El silencio era absoluto, opresivo. Incluso el viento parecía haberse detenido. Todos los presentes, desde la multitud hasta los funcionarios del palacio, permanecían en silencio, mirando al hombre en el andamio.
"¿Quién eres?", preguntó el anciano, su voz era un susurro apenas audible.
"Soy el Anciano del Consejo", respondió el anciano. "Y tú, Chen Pingping, has cometido un gran error".
"¿Qué error?", preguntó uno de los funcionarios.
"Has traicionado a mi familia", respondió el anciano. "Has intentado matar a mi hijo. Y por eso, te haré sufrir".
"¿Pero por qué?", preguntó otro funcionario.
"Porque eres un traidor", respondió el anciano. "Y los traidores deben ser castigados".
"Pero, ¿qué es el castigo?", preguntó el anciano. "¿Es sólo la muerte? ¿O es algo más?".
El anciano sonrió. "El castigo es la humillación", dijo. "Es la pérdida de la dignidad. Es la muerte de la propia alma".
El silencio regresó, pero esta vez era diferente. Era un silencio lleno de respeto, de miedo. Todos los presentes sabían que el anciano decía la verdad.
"¿Qué quieres que haga?", preguntó el anciano.
"Quiero que te arrepientas", dijo el anciano. "Quiero que sepas lo que has hecho. Quiero que sientas el dolor que has causado".
"¿Cómo puedo hacerlo?", preguntó el anciano.
"Te lo haré", dijo el anciano.
Y así, el anciano comenzó a mutilarlo.
La gente gritó, pero sus gritos no llegaron al oído del anciano. Él simplemente siguió cortando, cortando, cortando. Cada corte era más profundo, más doloroso.
Chen Pingping gritó, pero sus gritos también fueron silenciados.
Finalmente, el anciano terminó.
Chen Pingping estaba destrozado. Su cuerpo estaba lleno de heridas, pero su rostro estaba tranquilo.
"¿Por qué?", preguntó Chen Pingping. "¿Por qué me hiciste esto?".
"Porque eres un traidor", respondió el anciano. "Y los traidores deben ser castigados".
"Pero, ¿por qué no me mataste?", preguntó Chen Pingping.
"Porque quiero que sepas lo que has hecho", dijo el anciano. "Quiero que sientas el dolor que has causado. Quiero que sepas que no eres nadie".
"Pero, ¿por qué no puedes hacerme feliz?", preguntó Chen Pingping.
El anciano sonrió. "Porque no soy tu padre", dijo. "Soy el Anciano del Consejo. Y yo soy quien tiene el poder".
"Pero, ¿por qué no puedes darme el poder?", preguntó Chen Pingping.
"Porque no puedo", dijo el anciano. "Porque el poder no es para todos".
"Pero, ¿por qué no puedes darme una oportunidad?", preguntó Chen Pingping.
"No", dijo el anciano. "No puedo".
"Entonces, ¿qué haré?", preguntó Chen Pingping.
"Morirás", dijo el anciano.
Y así, Chen Pingping murió.
La gente gritó, pero sus gritos fueron silenciados.
El anciano sonrió. "Ahora, eres un traidor", dijo. "Y los traidores deben morir".
"Pero, ¿por qué no puedes hacerme feliz?", preguntó Chen Pingping.
"Porque no soy tu padre", dijo el anciano. "Soy el Anciano del Consejo. Y yo soy quien tiene el poder".
"Pero, ¿por qué no puedes darme el poder?", preguntó Chen Pingping.
"Porque no puedo", dijo el anciano. "Porque el poder no es para todos".
"Pero, ¿por qué no puedes darme una oportunidad?", preguntó Chen Pingping.
"No", dijo el anciano. "No puedo".
"Entonces, ¿qué haré?", preguntó Chen Pingping.
"Morirás", dijo el anciano.
Y así, Chen Pingping murió.
La gente gritó, pero sus gritos fueron silenciados.
El anciano sonrió. "Ahora, eres un traidor", dijo. "Y los traidores deben morir".
"Pero, ¿por qué no puedes hacerme feliz?", preguntó Chen Pingping.
"Porque no soy tu padre", dijo el anciano. "Soy el Anciano del Consejo. Y yo soy quien tiene el poder".
"Pero, ¿por qué no puedes darme el poder?", preguntó Chen Pingping.